Soy la belga que se quedó.
Llegué a Málaga hace doce años, me casé con un malagueño y ya no me fui. Por el camino me saqué la habilitación de guía oficial de turismo de Andalucía y pasé seis años en el departamento de educación del Museo Picasso Málaga.
El departamento de educación es la parte del museo que se dedica a averiguar cómo se explica la colección: a una clase de niños de nueve años, a adultos que no pisan una sala de arte, a una delegación de altos cargos europeos, a un taller para personas que rara vez entran en un sitio como este. Seis años de eso te enseñan algo que no se aprende leyendo: qué explicación cala de verdad y cuál solo suena bien.
Ahora hago mis propias visitas, en grupos reducidos, en los cuatro idiomas en los que vivo: español, inglés, neerlandés y francés.
Lo que busco es sencillo. No estoy aquí para convencerte de que Picasso fue el mejor artista de la historia. Quiero que entiendas por qué se hizo tan famoso, por qué pesa tanto en la historia del arte y qué hace que su obra merezca la pena mirarla.
Mi objetivo es que, al terminar la visita, puedas mirar un Picasso y tener por dónde entrar, en vez de asentir educadamente preguntándote qué se supone que tienes que ver.